História : Carta del Duque de Caxias al Emperador del Brasil - año 1867
03/03/2021 / História / Visitas: 25667
“…si acabásemos de matar a los hombres, tendríamos que combatir con las mujeres, que reemplazarán a éstos con igual valor, con el mismo ardor marcial…”; Duque de Caxias, comandante del Ejército brasileño, al Emperador del Brasil, refiriéndose a la guerra contra el Paraguay.

El DUQUE DE CAXIAS, comandante del Ejército de Brasil durante la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay, a través de la siguiente carta manifiesta a Pedro Segundo, Emperador del Brasil, los motivos que lo llevan a renunciar al cargo militar que ocupa, entre sus justificaciones cita la valentía de los soldados paraguayos liderados por el MCAL. FRANCISCO SOLANO LÓPEZ, así como el de las mujeres paraguayas, por lo que recomienda el Emperador la paz con el MCAL. LÓPEZ. Tras su renuncia es reemplazado por el sanguinario CONDE DE EU. Seguidamente se transcribe la carta:
 
Majestad:
Después de besar respetuosamente la mano Imperial de V.M., paso a cumplir con su augusta orden de informar a V.M. por vía privada, de la situación e incidentes más culminantes de los ejércitos imperiales, y de manera precisa que V.M. me ha encargado.
No obstante el esfuerzo destinado en formar la conciencia de las tropas, de que el lamentable acontecimiento de Tujutî fue favorable para nuestras armas, por tener el pequeño resto de nuestras fuerzas en aquel campo restablecido la posesión de las posiciones perdidas en manos del enemigo, durante el combate, tales han sido sus efectos, como ya tuve la honra de informar a V.M. que es moralmente imposible sofocar la profunda conmoción que ese deplorable acontecimiento produjo y aún está produciendo en nuestras tropas.
 
Los gloriosos e importantes acontecimientos que por su parte coronaron nuestras armas en Vanguardia y nos dieron la ocasión de realizar la ejecución de nuestro gran pensamiento, de nuestra gran operación militar y nuestro gran paso estratégico de sitiar completamente al enemigo por agua y tierra, como el más eficaz, el más poderoso y el único medio de vencerlo, haciéndole rendirse por falta de víveres, por falta de municiones y por falta de todo recurso de que se provea con su comunicación con el resto del país, ha servido, no hay duda, de un admirable y prodigioso estímulo para nuestras fuerzas. Después de cortar la línea telegráfica en su curso desde Villa del Pilar, después de tener cortada la comunicación terrestre del enemigo, sobre la parte oriental del río Paraguay, y llegar hasta la margen izquierda de este río y establecido en un punto de la fuerte batería, de nuestros mejores cañones, como tengo oficial y particularmente informado de todo eso a V.M., era natural que hubiese un gran y universal regocijo en todo el Ejército, en que participamos, al más alto grado, sus jefes, porque creíamos, ciertamente, que no más de cuatro o seis, y cuando mucho, ocho o diez días, serían únicamente necesarios para que López se rindiese incondicionalmente con todo su ejército.
 
El contraste de Tujutî fue adormecido por esta inesperada y felicísima perspectiva, pero me es pesaroso tener que informar a V.M. que si grande fue la esperanza, el ánimo y la satisfacción de los ejércitos imperiales del que tengo la gran honra de ser su comandante en jefe y en grado aún mayor fue su creciente desilusión y su desmoralizador desaliento, cuando se vio por hechos prácticos de lamentables efectos y consecuencias, que el enemigo (Paraguay) no sólo conserva su vigor, después de tantos días de cerrado sitio, sino que, burlando nuestras esperanzas y nuestros medios, abrió un camino grande y largo de comunicación por la parte del Chaco, que se encuentra protegido y fuera del alcance de nuestras armas.
 
Todos los encuentros, todos los asaltos, todos los combates existentes desde Coimbra y Tujutî, muestran y demuestran, de una manera incontestable, que los soldados paraguayos están caracterizados por una bravura, por un arrojo, por una intrepidez y por una valentía que raya la ferocidad, sin ejemplo en la historia del mundo.
Cuando estos soldados eran reclutas, esas cualidades ya las tenían y se habían adiestrado de una manera sorprendente. Hoy esos soldados reúnen a esas cualidades la pericia militar adquirida en los combates; su disciplina proverbial de morir antes que rendirse y morir antes de caer prisioneros, porque tienen esa orden de su Jefe, había aumentado por la moral adquirida, es necesario decirlo, porque es la verdad, en las victorias, lo que viene a formar un conjunto que constituye esos soldados en un soldado extraordinario, invencible, sobrehumano.
 
López tiene también el don sobrenatural de magnetizar a los soldados, infundiéndoles un espíritu que no se puede explicar suficientemente con las palabras: el caso es que se vuelven extraordinarios, lejos de temer el peligro, enfrentando con un arrojo sorprendente, lejos de economizar su vida, parece que buscan con frenético interés y ocasión de sacrificarla heroicamente y venderla por otra vida o por muchas vidas de sus enemigos. Todo eso hace que, ante los soldados paraguayos, no sean garantía la ventaja numérica, la ventaja de elementos y las ventajas de posición: todo es fácil y accesible para ellos. A estas circunstancias que son de inestimable importancia, se une un fenómeno verdaderamente sorprendente. El número de los soldados de López es incalculable, todo cálculo a este respecto es falible, porque todos los cálculos han fallado. López tiene un gran de fuerzas en su cuadrilátero de Paso Puku, tiene fuerzas fuera de estas posiciones; tiene fuerzas en el interior de la República; tiene fuerzas en el Alto Paraguay; tiene fuerzas estacionadas en varios campamentos como Asunción, Cerro León y otros; y tiene fuerzas en el Chaco y todas esas fuerzas son una misma en su valor, en su entusiasmo y su disciplina y moral; y todas esas fuerzas no son de soldados sin armas, ni de armas sin soldados, sino de fuerzas tanto al n (norte) como al s (sur); aquí y en todas partes, ayer y hoy ya se han experimentado. esas fuerzas tampoco son de hombres desnudos y hambrientos, sino de hombres, no obstante, mal vestidos, robustos, de soldados que sean de nueve palmos o de cinco, todos son uno.
 
Vuestra Majestad, tiene a bien encargarme muy especialmente del empleo del oro, para, acompañado al sitio, solucionar la campaña del Paraguay, que viene haciéndose demasiado larga y cargada de sacrificio y aparentemente imposible por la acción de las armas, pero el oro, Majestad, es Recurso ineficaz contra el fanatismo patrio de los paraguayos desde que están bajo el mirar fascinante y el espíritu magnatizador de lópez. y es preciso convencerse, pues será crasa necedad mantener todavía lo contrario, que: los soldados, o simples ciudadanos, mujeres y niños, el Paraguay todo cuanto es él y López, son una misma cosa, una sola cosa, un solo ser moral e indisoluble; lo que viene a dar como resultado que la idea proclamada de que la guerra es contra López y no contra el pueblo paraguayo, no solo es asaz quimera, sino que, comprendiendo ese pueblo de que López es el medio real de su existencia, se comprenda también que es imposible que lópez pueda vivir sin el pueblo paraguayo, y a éste sea imposible vivir sin López, y es aquí, Majestad, un escollo insuperable, un escollo que por sí mismo quiebra y repele el verbo de la guerra del Paraguay, en la causa y en los fines.
 
Y es aquí lo que muestra la lógica de que es imposible de vencer a López, y que es imposible el triunfo de la guerra contra el Paraguay; porque resulta insostenible de que se hace contra López, y que en vez de ser una guerra que apunte hacia la meta de legítimas aspiraciones, sea una guerra determinada y terminante de destrucción, de aniquilamiento.
 
Esto muestra, incuestionablemente, que no tuviéramos doscientos mil hombres para continuar la guerra al Paraguay, habríamos en caso de triunfo, conseguido reducir a cenizas la población paraguaya entera; y esto no es exagerado, porque estoy en posesión de datos irrefutables que anticipadamente prueban que, si acabásemos de matar a los hombres, tendríamos que combatir con las mujeres, que reemplazarán a éstos con igual valor, con el mismo ardor marcial y con el ímpetu y la constancia que inspiran el ejemplo de los parientes queridos y nutre la sed de venganza. y sería admisible un posible triunfo sobre un pueblo de esa naturaleza?. Podemos, acaso, contar con elementos para conseguirlo, y si aún lo consiguiésemos, cómo lo habríamos conseguido?. Y, después qué habríamos conseguido?. Cómo habríamos conseguido, fácil es saber, tomando por exacto e infalible antecedente del tiempo que tenemos empleado en esa guerra, los inmensos recursos y elementos estérilmente empleados en ella; los muchos millares de hombres también estérilmente sacrificados en ella, en una palabra, los incalculables e inmensos sacrificios de todo género que ella nos cuesta; y si todo eso no haya dado por resultado más que nuestra abatida situación, cuánto tiempo, cuántos hombres, cuántas vidas y cuántos elementos y recursos precisaremos para terminar la guerra, esto es, para convertir en humo y polvo toda la población paraguaya, para matar hasta el feto del vientre de la mujer y matarlo no como feto, aunque como un adalid. Y lo que tendríamos conseguido, también es difícil decir: sería sacrificar un número diez veces mayor de hombres de lo que son los paraguayos, sería sacrificar un número diez o veinte veces mayor de mujeres y niños de lo que son los niños y mujeres paraguayas; sería sacrificar un número cien mil veces mayor de toda clase de recursos de lo que son los recursos paraguayos; sería conquistar no un pueblo, pero un vasto cementerio en que sepultaríamos en la nada toda la población y recursos paraguayos y cien veces más la población y recursos brasileños. Y qué seríamos sobre un vasto cementerio? Seríamos los sepultureros que tendrían que enterrar las cenizas de nuestras víctimas, que responder a Dios y al mundo de sus clamores, y más que esto, desaparecida la población paraguaya, desaparecida la nación paraguaya y desaparecida en proporción equivalente la población brasileña, quién sería, sino, única y exclusivamente el Brasil, el responsable delante de las naciones extranjeras de los inmensos daños causados con esta guerra y a sus súbditos.
 
Todas estas consideraciones y otras que aún omito, por dejarla a la ilustrada interpretación de V. Majestad, me hacen insistir en la idea de la paz.
A la PAZ CON LÓPEZ, la paz, Imperial Majestad, es el único medio salvador que nos resta. LÓPEZ ES INVENCIBLE, LÓPEZ PUEDE TODO; y sin la paz, Majestad, Todo estará perdido, y antes de presenciar ese cataclismo funesto, estando yo al frente de los ejércitos imperiales, suplico a V. Majestad la especialísima gracia de otorgarme mi dimisión del honroso puesto que V. Majestad me tiene confiado.
 
Entiendo cumplidos mis altos deberes, de mariscal y comandante en jefe de los ejércitos de V. Majestad, de leal súbdito de V. Majestad, de las calificadas dignidades que me ligan a la casa imperial, y de mi lealtad de ciudadano, ruego a V. Majestad, quiera dignarse recibir en buena hora mi exposición privada.


Hago sinceros votos por la augusta vida de V. Majestad, por la excelente salud de la familia imperial, y el acierto del Gobierno Imperial de V. Majestad.

Beso la Imperial mano de V. Majestad

El Marqués de Caxías -Luis Alves de Lima e Silva


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